«He visto como pequeños que medran sin familia se ven perjudicados neurológicamente»

El relato de Noemí, profesora y madre de acogida de dos pequeñas pequeñas de orígenes diferentes (doce y ocho años) es estremecedor: «He visto como pequeños, por carencia de todo cuanto rodea a una familia, se han visto envueltos en una situación de descontrol de su vida, de agobio traumático, hasta tal punto de estar perjudicados neuronalmente y neurológicamente y no saber desenvolverse con la madurez relativa de su edad».

Su testimonio como familia de acogida, «que no adopción», remarca, de dos pequeñas tuteladas por la administración cobra singular relevancia hoy, Día Universal del Pequeño, donde los datos apuntan que en España hay dieciseis y ciento setenta y siete pequeños, pequeñas y adolescentes medrando en centros residenciales, mil treinta y nueve de ellos menores de seis años.

Esta increíble diferencia que tiene para el cerebro de un pequeño el hecho de medrar en una familia lo ha vivido de cerca de dos formas. Una, a lo largo de su etapa de maestra en un centro educativo singular, donde trabajó con pequeños que venían de viviendas, recuerda, «y que estaban ahí no por una cuestión física ni genética, ni por una enfermedad de nacimiento o un mal instante en el parto… sino más bien por una cuestión emocional».

Y ahora, de forma más persona, merced a su experiencia como madre de acogida, que no ha hecho más que fortalecer esta visión sobre las contrariedades que puede conllevar medrar sin figuras de referencia. Si bien sea un periodo cortísimo, asegura Noemi, «este solo hecho marcará mucho como el pequeño se enfrente a la vida más tarde. En mi caso, mis dos hijas de acogida llegaron a casa a lo largo de su primer año de vida, una con quince meses y la otra con nueve, y cada una ha lo ha expresado de una forma diferente».

«Es verdad que mis hijas, equiparadas con pequeños mayores, que han tenido otro recorrido, no son tan marcadas. Y si alguien ha sido madre biológica, o ha vivido los primeros instantes de un bebé desde su nacimiento, los primeros minutos, horas, días… Sabe que ese calor, esos besos, esas miradas, todo lo que rodea… es súper esencial en el desarrollo humano«.

En el caso de la mayor, narra, «esta tomó una actitud más laxa, de dejarse llevar. Hubo un instante el que hubo que abrir el campo de la estimulación por el hecho de que en cierta forma dejaba que la vida pasase sobre ella un tanto y no había iniciativa para muchas cosas».

No obstante en el caso de la pequeña, sigue, «su carácter era diferente y lo que vimos que era su estrategia de supervivencia era un enorme enfado. Estaba enojada con la gente por lo general, rechazaba a las personas por enfado. Esto es, la mayor deseaba ganar cariño a toda costa y adulaba y a la pequeña había que ganársela. Cada uno de ellos su vida y sus estrategias«.

Obviamente, reconoce, «hay desfases madurativos, contrariedades de aprendizaje… Mas acá estamos para asistir y cooperar y acompañar en lo que se necesite y de qué manera se necesite. Nosotros los dos somos maestros y hemos buscado una forma de acompañarlas en el terreno educativo respetuosísima. Pensamos que es lo mejor que hemos podido hacer en el instante en el que lo precisaban, darles tiempo, maduración, seguridad, a fin de que pudiesen desenvolverse siendo mismas».

Por suerte, para Noemi en los institutos «cada vez más nos aproximamos a pedagogías que ven las cosas de otra forma, a un enfoque diferente, mas queda mucho trabajo. Hay mucha presión burocrática y en ocasiones se escapan las cosas mas es súper esencial informar sobre las ventajas de este sistema por el hecho de que creo que prosigue habiendo mucho desconocimiento. O no lo conocemos o no deseamos verlo«, matiza.

El instituto, un espacio ‘nido’

A día de ella su trabajo como funcionaria de un instituto público de integración motora, donde comparte espacio con pequeños de acogida le deja trabajar sobre ello, «aunque como profesora me apena un tanto ver que el ambiente escolar aún no esté dispuesto para esto. Soy una fanática defensora de que el instituto debe ser antes de seguir, un espacio ‘nido’. Esto es, un espacio seguro, de confianza, en el que venimos contentos y nos desenvolvemos como personas, se nos tiene presente, y somos participantes de todo». Ella trata de hablarlo mucho con las familias por el hecho de que «el instituto debe ser participante de la sociedad en que vivimos».

Para esta enseñante, «hay mucho por hacer y creo que hay un enfoque en el que hay que trabajar mucho que es el de qué manera nos pueden pasar situaciones que no aguardábamos, que de pronto llegan, y que no hacen mudar toda la vida de golpe».

En suma para Noemi, acoger es prácticamente «un hecho de responsabilidad social y hay que trabajar mucho e informar sobre este sistema pues a lo mejor hay que gente que por puro desconocimiento no se anima«. »Creo que esto es fundamental por el hecho de que coopera a un bienestar. Has de saber que el acogimiento es ‘compartir’, es ‘acompañar’«.

«Se debe por consiguiente continuar con la campaña de difusión, a viva voz. Asimismo en los institutos debería haber más capacitación e información. Y, si bien cada vez se hace más, trabajar con los maestros en pedagogías opciones alternativas y desarrollo neurológico. No solo por el acogimiento, que asimismo, sino más bien por las situaciones desfavorables que se pueden dar en la infancia», agrega.

Invertir en esta medida de protección social es, asimismo, la demanda de la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF), única organización con presencia nacional en exclusiva al acogimiento familiar, quien insta al Gobierno y a las CC.AA a usar los fondos europeos para respaldar la desinstitucionalización de la niñez cara un modelo en el que se priorice por fin el acogimiento familiar.

La organización asegura que para conseguirlo se deben robustecer y respaldar a las asociaciones de familias de acogida, piezas clave para poder cumplir con el propósito que en el mes de mayo se marcaron el Gobierno y las CC.AA: que en dos mil veintiseis no haya menores de 6 años medrando en centros y en dos mil treinta y uno tampoco lo hagan los menores de diez años.

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