Ver avejentar a los progenitores, cuando los sentimientos se esconden

Ver de qué forma nuestros progenitores se hacen mayores es un acto tan natural como la misma vida. No obstante, percibir esas primeras señales como hijos es un proceso complicado de aceptar en las mayoría de los casos por la ingente cantidad de sentimientos que produce este hecho. Por muy adultos que sean los hijos, los progenitores siempre y en toda circunstancia son los progenitores, esas figuras fuertes que están libres toda vez que brota un inconveniente. Por eso, ver tambalear ese pilar tan esencial y ser testigos de la pérdida de autonomía de quienes siempre y en toda circunstancia han sido un referente y apoyo, puede resultar muy doloroso.

Conforme José Carlos Bermejo, directivo general del Centro de Humanización de la Salud, «nos sorprende la llegada de la torpeza física y sicológica. Nos duele asimismo, y mucho, la primera vez que admitimos que nuestro padre o madre no recuerda de algo que le hemos dicho últimamente o cuando no sabe (¡y entonces sí que es un drama!) que soy su hijo. Más bastante difícil se presenta cuando hay que poner algunos límites como reducir la libertad en las salidas o en el manejo del dinero».

Vulnerabilidad, inseguridad, pena, tristeza, amenaza, saña, indefensión… son ciertos sentimientos que invaden a los hijos dada esta realidad. Y asimismo soledad. Soledad, conforme apuntan los especialistas, pues es un sentir que rara vez se expresa. «Se oculta –puntualiza Javier Yanguas, Doctor en Sicología y directivo científico del Programa de Mayores de Fundación «la Caixa», -pues semeja que todos deseamos probar que tenemos una buena vida y por eso da reparo expresar que nos sentimos mal por este tema, lo que nos lleva a estar más solos en nuestro dolor. Mas hay que decirlo, y normalizarlo, por una razón muy sencilla: es una parte de la vida».

En este sentido, Aurelio López-Barajas, CEO de Supercuidadores, agrega que este envejecimiento habría de estar más admitido socialmente a fin de que no sea tan doloroso. «Pero no se visibiliza. Prosigue siendo tabú. Es más, no paramos de ver campañas para retrasar el envejecimiento que, si bien esté centrado en temas más bien estéticos, no deja de ser una forma de no encarar este proceso del final de la vida, de tal forma que cuando llega, lo tememos. Visibilizar este deterioro en el aspecto físico, sicológico y sensible y sentir dolor, tristeza y saña por este motivo es normal pues les queremos y es percatarnos de que estamos más cerca de un final que supone una separación física».

José Carlos Bermejo reconoce que debemos aceptar que en el proceso educativo no nos han trasmitido suficientemente la actitud de aceptación de la debilidad y la vulnerabilidad. «No nos han enseñado tanto a ‘integrar la sombra’ y tenemos que reconocer que no estamos tan preparados para el reconocimiento de las implicaciones de la vulnerabilidad cuando se transforma en debilidad. Una cierta negación personal y colectiva nos sostiene en un espacio de confort protector y quién sabe si adaptativo».

Resalta, además de esto, que la ensaltación o hipertrofia de la autonomía, propia de los tiempos que corren, es menos humanizadora que la conciencia de la interdependencia y la consecuente actitud de humildad. «Y lo cierto es que la sorpresa frente al envejecimiento de los progenitores no es una cosa que solo pase a el resto, que nuestros conocidos nos cuenten. Lo tenemos servido todos en el menú de la evolución de nuestras vidas. Enseñar a la frustración (inteligencia sensible), verbalizar el dolor de las pérdidas (duelo), no permitir la negación de la vulnerabilidad, reconocer la necesidad de ayuda en la debilidad (lo mismo en la última fase de la vida que en la primera), educar a cuidar en la dependencia, investigar los procesos de envejecimiento desde las ciencias humanas, son caminos para humanizar provocando la aceptación de que nuestros progenitores asimismo avejentan y eso nos duele».

Cuando la adaptación a la vetustez es sosegada -sin enfermedades o incapacidad física por el medio- es más simple de digerir por los hijos, conforme matiza Yanguas, «porque los progenitores prosiguen ocupando el centro de gravedad de la organización familiar, de las asambleas en su casa como sitio de encuentro, de la transmisión de valores… En un caso así, los hijos pasan por un periodo de ajuste más apacible, si bien en el instante en que se percatan de veras del envejecimiento real de sus progenitores todo cambia: se percatan de que como progenitores asimismo se hacen mayores e, aun, miran a sus hijos de forma diferente».

Diferentes situaciones de partida

En caso de que los progenitores padezcan una situación de dependencia en esta etapa «los hijos se adentran en las tinieblas de los cuidados y deben montar un número circense para encargarse de los progenitores enfermos, de la pareja, del trabajo, de la casa y de los hijos que, en general, por si no fuera suficiente, acostumbra a coincidir que están en la adolescencia -apunta javier Yanguas-. Al final nace un sentimiento de agobio, agobio y culpabilidad por meditar que no se atiende bien ni a los mayores ni a los hijos. Inevitablemente es un instante de gran dificultad emocional», confiesa Javier Yanguas.

Aurelio López-Bajaras asegura que en el momento en que nos invade la pena de ver a nuestro mayores avejentar, debemos dar la vuelta a estos sentimientos. «Hay que meditar en lo verdaderamente agraciados que somos por no haberles perdido en el camino de la vida. Es una enorme suerte tenerles junto a nosotros, compartir instantes y que nos transmitan experiencias, si bien ya no sea de exactamente la misma forma que cuando eran más jóvenes».

Agrega que debemos aceptar la evolución natural del humano y, de igual manera, «aprender a fallecer y preparar ese instante con grandes cuidados cara nuestros mayores con grandes dosis de cariño, entendimiento y paciencia. No se trata tanto de incorporar años a la vida, sino más bien vida a los años, que el tiempo que podamos compartir con ellos sea lo más gratificante posible».

Pasos para una conveniente transición

Pese a la dureza de aceptar un cambio de etapa en los progenitores, los especialistas aconsejan meditar en la suerte de poder acompañarles en esta etapa de la vida y ser testigos de su evolución por el hecho de que hay personas que pierden a sus progenitores antes que les corresponda por edad.

Compromiso e implicación

No evitar responsabilidades en el cuidado de los progenitores, comprometerse e implicarse, dejará a los hijos enterarse de veras ‘de qué va la vida’, sentir la satisfacción de una tarea bien hecha y no lamentarse por sentimientos de culpabilidad por los que se podía haber hecho por los progenitores y no se hizo.

Ponerse las pilas con la vida

Los expertos en el tema apuntan que percibir el envejecimiento de los progenitores es percatarse de que la vida es finita y, por eso, es un instante ideal para meditar lo que se ha hecho y lo que no en los años vividos para vivir ahora con mayor intensidad.

Acercamiento familiar

El cuidado de los progenitores debe aceptarse con mucha entrega por la parte de todos y cada uno de los hijos a fin de que no se creen diferencias ni disputas. Si se hace de forma organizada puede ser una buena ocasión para unir más a la familia.

Expresarse y saber solicitar ayuda

El dolor, la saña, la pena, la inseguridad… que produce que un ser querido entre en esta fase final de la vida ha de ser expresado con personas del ambiente como un sentimiento más, pese a que aún sea un tema tabú. Hacerlo normaliza este sentir extendido y facilita la petición de ayuda a el resto o a los profesionales.

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